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De la noción de reflexión
Dr.
José Luis Medina Moya
Fuera
de nuestro país, las nociones de práctica y enseñanza reflexiva se han
convertido en un tópico tanto en el ámbito de la enseñanza en enfermería
como en el de la práctica del cuidado. La noción de práctica reflexiva
es ampliamente citada en la literatura y ha sido aceptada con no poco
entusiasmo por enfermeras docentes y asistenciales. Se ha constituido
en la panacea para un buen número de aspectos problemáticos en la formación
de Enfermeras.
El énfasis que en la actualidad se está poniendo en los enfoques reflexivos
de la formación y de la práctica profesional de las Enfermeras podría
sugerir que existe un amplio consenso y una clara compresión acerca de
idea de práctica reflexiva. Sin embargo, lo que a primera vista podría
parecer una amplísima aceptación de la práctica reflexiva en el campo
de la práctica educativa y asistencial en la Enfermería se convierte,
en ocasiones, en toda un retórica hueca acerca de la reflexión que a modo
de práctica de legitimación se ha impuesto en una serie de planteamientos
diferenciados sobre la formación y la práctica de la Enfermería que casi
sólo tienen en común el uso del término. En este breve ensayo trataré
de arrojar alguna luz sobre la naturaleza de la reflexión, la práctica
reflexiva y su repercusión en la formación de enfermeras.
Por razones de espacio pocas cosas inteligibles voy a poder aquí
presentar. Y por inteligible, el lector debe entender dos cosas: no solamente
aquello que se entiende sino también aquello que nos ayuda
a entender. Y esto ya tiene que ver con el significado profundo de
la noción de enseñanza reflexiva. Decía María Zambrano, esa deslumbrante
filósofa que supo hacer de su vida una obra maestra de la unidad entre
el pensar y el vivir, entre la razón y el corazón, que tener un maestro
no es solamente tener alguien a quien preguntar sino, y más hondamente,
tener alguien ante quien preguntar-se. Es aquí donde radica la fundamental
diferencia entre un aprendizaje entendido como el simple acumulo de datos
desconectados de los conocimientos, experiencias, convicciones y emociones
de la persona que trate de aprenderlos, un conocimiento vacío de significado
y aquel otro que parte del interés y deseo de saber del sujeto, que está
relacionado con sus propias experiencias y que ha sido elaborado reflexivamente
por él mismo.
Como el lector puede comprobar, aquí se está hablando de una realidad
harto conocida para todos nosotros: la enseñanza y el aprendizaje. Y pareciera
lógico afirmar que la enseñanza hace referencia a la actividad que realiza
una persona con intención de provocar el aprendizaje por parte de otra.
Se destacaría de esa manera el carácter intencional de la misma. Sin embargo,
es importante notar que desde la concepción reflexiva se defiende que
no existe una relación causal entre ellos. La tarea de la enseñanza reflexiva
no es causar el aprendizaje (aunque esta sea su finalidad) sino
generar unas condiciones que permitan al estudiante realizar las tareas
del aprendizaje, que es consecuencia directa de la actividad de estudiar,
reflexionar y pensar lo vivido y no de la enseñanza. Esto quiere decir
que el aprendizaje es el resultado de desempeñar el papel de alumno, no
un efecto causado por la acción directa del docente. La enseñanza
reflexiva debe entenderse como aquella actividad que establece una serie
de condiciones posibilitadoras (del aprendizaje) más que causales
por lo que sus resultados son, más bien, impredecibles.
La enseñanza lo que hace es facilitar y promover las actividades que llevarán
al estudiante a aprender, de modo que auque la enseñanza de lugar al aprendizaje,
éste, cuando se produce, no debe entenderse como el resultado causal de
aquélla. Las relaciones entre enseñanza y aprendizaje son de covariación
antes que causales. Y esto es así porque de lo que estamos hablando es
de una relación. Es decir, un fenómeno comunicativo en el que
intervienen los deseos, los intereses, las motivaciones, las expectativas
y las interpretaciones de los participantes. Como consecuencia, se entiende
que la enseñanza del cuidado es un espacio social de comunicación e intercambio
dinámico, un sistema vivo donde sus elementos se definen en función del
intercambio y el sistema se configura como consecuencia de la participación
activa, y en parte autónoma, de los elementos que participan en la comunicación.
Desde el punto de vista de la enseñanza y el aprendizaje de la reflexión,
sabemos hoy que el aprendizaje resulta más significativo si la persona
construye un sentido propio para lo que aprende. Pero para ello es necesario
que la relación pedagógica la autorice, esto es, que la trate
como sujeto y no como objeto. Se trataría de autorizar al alumno a sujetarse
en nombre propio a los diferentes discursos que construyen el sentido
de su futura práctica profesional. Permitirle apropiarse del
derecho a utilizar la palabra en nombre propio, pero eso sólo es posible
cuando el docente fomenta su reflexión. Es decir cuando actúa como espejo
y no como faro: cuando ayuda al alumno a tomar su propio pensamiento
como objeto de escrutinio, cuando le ayuda a partir de sí Esto
significa ayudar al estudiante a no claudicar del propio saber y pensar
surgido de su experiencia vital, para asumir enfoques técnicos que supuestamente
tienen una base científica pero que nada saben de los procesos vitales
y de la complejidad de los vínculos humanos que se gestan a diario en
los contextos donde se enseña y se práctica la enfermería. La reflexión
se encuentra allá donde lo vivido va acompañado de pensamiento. El saber
reflexivo es el que se mantiene en una relación pensante con las situaciones
vividas, es el saber de quien no acepta una forma de entender su práctica
según los criterios de significación dados sino que va en busca de su
propia comprensión.
Por ejemplo, desde esta pedagogía reflexiva del cuidado no sería suficiente
con una transmisión unidireccional acerca de, por ejemplo, estrategias
de educación para la salud de los enfermos o usuarios, por más que estas
informaciones representasen los últimos avances en el campo. Desde un
punto de vista reflexivo no sería suficiente porque esto supone que el
docente basa la eficacia de su hacer en cierta omnipotencia de su saber
olvidando que ese saber no está originalmente pensado para ser transmitido
y que sólo se convertirá en práctica real y efectiva a través de la persona
a la que se dirige, y por tanto de la consideración de la misma como protagonista
de su propio aprendizaje. Tampoco sería suficiente con que el alumnado
aplicase irreflexivamente en su práctica esas nuevas modalidades aprendidas
porque seria necesario que adquiriese, además, ciertas nociones del porqué
de su comportamiento, de cómo se produce un proceso de cuidado y sobre
todo en el que él participa.
Esa reproducción mecánica tiene, por otra parte, un efecto perjudicial
para el alumnado que no es otro que la dependencia y el alejamiento de
la autonomía intelectual, que se produce cuando el docente universitario
instruye y no educa, y que se basa en la consideración del saber sobre
el cuidado como patrimonio exclusivo de los docentes constituyéndose entonces
en un saber que produce relaciones jerárquicas. Sencillamente toda acción
que se basa en la omnipotencia del saber del docente está fundamentada
y reproduce la ignorancia y la dependencia del alumnado.
Esta es una enseñanza basada en el mito del docente como "experto infalible".
Una enseñanza que está totalmente determinada por la visión previa del
docente y centrada en la reproducción de su conocimiento profesional por
parte del alumno. Una visión que con demasiada frecuencia ha enfatizado
el contenido como fin en sí mismo, obviando cualquier relación con el
contexto de producción o de aplicación del mismo. Una concepción que carece
de la flexibilidad y de la sensibilidad necesarias para adaptar su conocimiento
a las singulares características de la situación; poco permeable a las
perspectivas que el alumnado pueda tener sobre la misma y poco proclive
al examen de sus propios prejuicios. Un enfoque , epistemológicamente
miope, que al re-presentar el contenido de las materias como hechos brutos
y mostrar argumentos opinables como verdades indiscutibles en el contexto
de una atmósfera de certidumbre, no es más que una visión monolítica y
dogmática del conocimiento a transmitir.
Conviene recordar ahora, que no puede establecerse una coincidencia total
entre el conocimiento académico y el profesional que verdaderamente poseen
y usan las enfermeras profesionales. Cada alumno construye su propio conocimiento
profesional, que va elaborando como producto de su experiencia en interacción
con las categorías reales de interpretación que ya posee. A su vez, estas
categorías, durante el periodo de formación, son producto de la interacción
entre el conocimiento informal previo y el conocimiento académico que
le ofrece la escuela de enfermería. Es decir, el conocimiento académico
no es coincidente con el profesional, sino que cada estudiante lo integra
de una forma personal y lo relaciona con el modo en que entiende la práctica
del cuidado y con la utilidad que le reporta para interpretar la realidad
y actuar en ella y sobre ella. De ello se deduce que la finalidad de la
enseñanza del cuidado no será, en ningún caso, que los alumnos "se aprendan"
las diferentes formas en las que éste se realiza por otros, sino que,
el profesor tomando como base su propia concepción de la práctica profesional
intentará ofrecerles el aparato conceptual y metodológico y las perspectivas
de comprensión, indagación y reflexión que les permitan afrontar la complejidad
del cuidado y el cuidado de la complejidad y, sobre todo elaborar su propia
comprensión de los mismos, así como desarrollarlos de un modo fundamentado
y consistente con sus propias convicciones morales.
Una de las funciones que debería cumplir el conocimiento académico en
la formación de enfermeras reflexivas debería ser la de proporcionarles
esquemas de interpretación, teorías y marcos conceptuales, no con objeto
de ser reproducidos y utilizados instrumentalmente sino como esquemas
para el análisis crítico de sus creencias y preconcepciones acerca del
cuidado y desde las que parten para construir sus propios esquemas apreciativos.
Del mismo modo, ese conocimiento académico, ahora reflexivo, no pretende
transmitir las conclusiones a las que llega, por otra parte siempre provisionales,
sino el espíritu cuestionador y de búsqueda que lo anima. Entendido de
ese modo, el conocimiento a transmitir, es, ante todo, problemático, es
decir, en dependencia constante de unos marcos de interpretación que pueden
ser sometidos a crítica y objeto de transformación. Un saber que problematiza
y cuestiona la realidad que indaga pero que, al mismo tiempo, se problematiza
a sí mismo al cuestionar las bases sobre las que se asienta.
El posible valor del conocimiento reflexivo residirá en la posibilidad
que puede brindar al alumnado de indagar la realidad pero siempre de modo
tentativo en busca de formas más profundas de comprensión y no sólo en
su capacidad normativa o prescriptiva.
Estos aspectos de la reflexión implican ya una cierta manera de entender
la relación del docente con el saber y con los estudiantes. Por una lado,
debería mantener una actitud de distanciamiento crítico respecto a su
propio conocimiento, lo cual significa concebirlo como problemático. Ello
supone, a su vez, aceptar que su saber es cuestionable y discutible, lo
cual genera unas formas de relación (en ocasiones difíciles de mantener)
que permiten a los alumnos re-pensar e interpretar el conocimiento en
el momento de su transmisión y no solamente reproducirlo. |
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